Filtraciones del bienestar
El INE , la víctima oportuna del posible fuego amigo.
En política, la cámara de un celular puede guardar recuerdos pero también puede guardar municiones, la diferencia aparece cuando alguien decide publicar lo que durante meses permaneció en privado.
Guadalupe Taddei anunció este 25 de octubre que presentará su renuncia a la presidencia del Instituto Nacional Electoral ante la Cámara de Diputados el lunes 26. En su mensaje sostuvo que busca proteger la estabilidad, credibilidad e independencia del organismo. También reconoció que su decisión no elimina el deber de esclarecer los hechos que deban investigarse.
El anuncio llegó después de las revelaciones sobre sus relaciones con proveedores y de la apertura de una investigación de la Auditoría Superior de la Federación sobre posibles irregularidades en contrataciones, conflictos de interés y triangulación de recursos.
La consecuencia política ya es visible pero las responsabilidades todavía deben determinarse, no obstante; junto a la pregunta por los contratos aparecen otras: ¿por qué ese material se conoció ahora y quién gana con el relevo?
Preguntarlo no exonera a nadie, más bien permite examinar una dimensión del poder que suele quedar detrás del escándalo: quién tiene acceso a la información, quién la conserva y quién encuentra conveniente que circule. Una filtración puede revelar hechos verdaderos y servir, al mismo tiempo, a un interés político.
Vale aquí recordar que la historia no comenzó con la Cuarta Transformación. En 2004, las grabaciones de René Bejarano recibiendo dinero de Carlos Ahumada sacudieron al entorno de López Obrador. Rosario Robles quedó involucrada en aquella trama política y empresarial. Las imágenes expusieron conductas que exigían explicaciones, mientras su difusión desataba una disputa sobre quién buscaba perjudicar a quién. El señor de las ligas dejó una lección duradera: cuando los acuerdos se hacen fuera de las instituciones, quien conserva la grabación adquiere un poder adicional.
Más de veinte años después, cambiaron los protagonistas y las plataformas pero la utilidad política del archivo sigue intacta.
El nuevo testamento del cuatroteísmo reúne las imágenes y facturas del viaje de Andy a Japón, las llamadas de Marina del Pilar, las grabaciones de los hermanos López Beltrán durante una cena y la localización periodística de Amílcar Olán en Suiza. Son episodios distintos, con fuentes y alcances diferentes; no piezas demostradas de una sola operación a la que ahora se suman los materiales sobre Taddei y el anuncio de su renuncia.
La sucesión en el INE permite plantear una hipótesis: algunas revelaciones podrían estar siendo utilizadas para disputar posiciones dentro del bloque gobernante o de sus redes de influencia. La salida anunciada no demuestra esa hipótesis, pero vuelve más relevante examinar quiénes intentarán aprovecharla.
Hay que puntualizar: no basta con identificar a un beneficiario para convertirlo en autor. Una fotografía en un restaurante puede tomarla un comensal; una grabación privada puede salir de un participante; una dirección puede localizarse mediante investigación periodística. Afirmar que todo proviene necesariamente del aparato estatal sería sustituir el análisis por una certeza que no tenemos.
Lo que sí merece atención es la cercanía que ciertos materiales revela, las cámaras entran a celebraciones, los audios conservan conversaciones, los documentos permiten reconstruir relaciones, en algunos casos, alguien tuvo acceso antes de que el público supiera siquiera qué debía preguntar. Ahí comienza la posibilidad del fuego amigo.
Cuando un movimiento con moral y ética voluble concentra poder, sus disputas pueden desplazarse hacia adentro: candidaturas, presupuestos, contratos, protección y capacidad de decidir. La unidad del discurso no elimina la competencia por esos recursos.
Bajo esa lógica, exhibir a un compañero puede resultar más rentable que derrotar a un adversario porque la filtración permite debilitarlo sin asumir públicamente la ofensiva. El expediente circula y el beneficiario puede guardar silencio.
En el caso del INE, además, hay algo mayor que una reputación individua:. la autonomía del organismo no protege a sus integrantes de la fiscalización y una investigación tampoco debe convertirse en pretexto para someter al árbitro electoral a intereses partidistas.
La renuncia no puede funcionar como punto final de las indagatorias, tampoco como permiso para repartirse la institución, el relevo deberá evaluarse por su independencia, su capacidad y las garantías que ofrezca al proceso electoral. Cambiar a quien encabeza el organismo no basta para esclarecer cómo se contrataron sus proveedores, si hubo irregularidades, deben sancionarse, si alguien pretende aprovecharlas para controlar la institución, también debe encontrar límites. La ciudadanía merece ambas garantías.
Quizá la pregunta más incómoda para la 4T no sea cuánto daño puede hacerle una oposición partidista incapaz de articular una alternativa convincente, quizá sea cuánto pueden hacerse sus propios grupos cuando la lealtad deja de ofrecerles suficientes beneficios.
El viejo ogro priista no desaparece porque otro movimiento ocupe su lugar. Sobrevive allí donde se conservan sus prácticas. Y el nuevo puede resultar igual de voraz, aunque cada vez menos filantrópico.
¿Y si la ruptura de la Cuarta Transformación no llega de la oposición, sino de un ogro que, después de concentrar el poder, comienza a devorar a los suyos?
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