- 9 ene
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Tras la caída de Nicolás Maduro en Venezuela y el impacto en el tablero geopolítico de la región, la atención se ha desplazado con fuerza hacia México y su política exterior frente a Estados Unidos.
En los últimos días, la presidenta Claudia Sheinbaum ha instruido al canciller para que se traslade a Washington a entablar un diálogo directo con altos funcionarios estadounidenses, particularmente en materia de combate al narcotráfico y coordinación bilateral en seguridad.
Este movimiento, más allá de ser una respuesta protocolaria, parece surgir como una reacción pragmática ante la intensa presión ejercida por la administración de Donald Trump, que ha señalado con insistencia que «algo habrá que hacer» en relación con el narcotráfico —acusando a los cárteles mexicanos de controlar amplias zonas del país— y, en ocasiones, sugiriendo incluso la posibilidad de acciones más duras para enfrentar al crimen organizado después de la operación militar en Venezuela.
La instrucción de la presidenta al canciller no debe leerse al margen de este contexto: se trata de un acto de diplomacia reactiva, destinado a mostrar disposición al diálogo con Washington, pero que al mismo tiempo pone en evidencia una tensión fundamental en la política exterior mexicana. Por un lado, la administración de la Cuarta Transformación vocifera su adhesión a los principios constitucionales de no intervención y defensa de la soberanía nacional; por otro, cede espacio a un tipo de interlocución que responde más a las prioridades expresadas desde Estados Unidos que a una agenda estratégica propia y autónoma.
Este giro aparente plantea una dicotomía preocupante: México insiste en que la cooperación en seguridad debe darse bajo condiciones de colaboración sin subordinación, pero simultáneamente se ve impulsado a prestar cuentas ante la Casa Blanca por temas que tradicionalmente serían asumidos como asuntos internos. La decisión de mandar al canciller a Washington no solo es un gesto diplomático: es una señal de que el gobierno mexicano ha asumido un rol reactivo, condicionado por las expectativas y las presiones del socio del norte.
Mientras tanto, el discurso oficial continúa insistiendo en la no intervención —rechazando, incluso, cualquier posibilidad de incursión militar estadounidense en México— y enfatizando la cooperación técnica y de inteligencia para frenar el flujo de drogas y armas. Sin embargo, esta narrativa oficial choca con el aumento de amenazas explícitas desde Washington, que han presentado a los cárteles como una amenaza de seguridad nacional y han sugerido medidas que trascienden el marco de la cooperación tradicional.
La contradicción resulta inevitable: el gobierno de la 4T parece acorralado entre la necesidad de atender las inquietudes de Trump y su propia retórica de soberanía firme. Este empuje y tirón se traduce en una política exterior que oscila entre la búsqueda de legitimidad internacional —especialmente ante el caso de Venezuela y la presión por alinearse con Estados Unidos en materia de seguridad— y una persistente, aunque muchas veces retórica, simpatía con gobiernos populistas de la región. Esa doble cara diluye la claridad estratégica y genera un terreno fértil para críticas y malentendidos tanto en el ámbito doméstico como en el internacional.
Peor aún, esta ambivalencia se enreda con un problema persistente: las inevitables y soterradas conexiones entre algunos sectores del Estado mexicano y los grandes cárteles de la droga, una realidad que no ha sido resuelta y que, en algunos casos, ha sido señalada por analistas como un factor que complica y distorsiona los esfuerzos de coordinación con Estados Unidos. Esta mezcla de presión externa, soberanía discursiva y vínculos ocultos convierte la política exterior mexicana en un campo de tensiones que exige definiciones claras y valientes, no solo gestos diplomáticos reactivos.
En este contexto, es urgente preguntar: ¿seguirá México priorizando la retórica de soberanía o asumirá finalmente una postura estratégica autónoma que articule de manera coherente sus intereses nacionales, su política exterior y la realidad regional? La respuesta determinará no solo el rumbo de las relaciones bilaterales con Washington, sino la posición de México en una América Latina que está siendo reconfigurada por fenómenos de fuerza, poder y redefinición institucional.