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México necesita capacidades para desarrollar inteligencia artificial, pero también para participar en las decisiones sobre sus límites.


Hay momentos en los que el futuro no espera a que terminemos de comprenderlo, simplemente nos alcanza y cambia la conversación.


Durante los últimos años, la carrera por la inteligencia artificial parecía tener una dirección inequívoca: desarrollar modelos más poderosos, ampliar la capacidad de cómputo y transformar industrias, gobiernos y actividades humanas. La pregunta era hasta dónde podría llegar.


Hoy cobra nueva fuerza otra: ¿hasta dónde deberíamos permitir que llegue? Dario Amodei, director ejecutivo de Anthropic, propuso moderar deliberadamente el avance de los modelos más potentes. Su planteamiento incluye evaluadores independientes, coordinación entre empresas y cooperación internacional. Sam Altman respaldó la incorporación de evaluadores externos; Elon Musk apoyó el llamado y Demis Hassabis se pronunció a favor de mayor cautela y coordinación.


No significa que Silicon Valley haya decidido detener la IA ni que exista consenso sobre cómo enfrentar sus riesgos. Tampoco es una discusión enteramente nueva. Lo relevante es que sus propios desarrolladores están colocando la velocidad del avance tecnológico en el centro del debate sobre su gobernanza.


La competencia entre Estados Unidos y China vuelve más difícil cualquier acuerdo: conceder tiempo a las salvaguardas puede interpretarse también como ceder ventaja estratégica. Ya no importa solamente qué puede hacer una máquina. Importa quién la evalúa, quién establece sus límites y qué países podrán participar en esas decisiones.

México debería prestar atención.


El Plan Nacional de Inteligencia Artificial, fechado en abril de 2026, contiene elementos valiosos. El documento organiza la estrategia alrededor de tres pilares: marco ético y legal; capacidades, talento y software público; e infraestructura estratégica para la soberanía tecnológica.


Su premisa es correcta: el Estado no debe limitarse a consumir tecnología desarrollada por otros. Necesita capacidades propias para intervenir en su futuro. De ahí iniciativas como el Centro Público de Formación en IA, la Fábrica de IA y la infraestructura pública de cómputo y centros de datos. El Plan también propone incorporar estas herramientas al ciclo completo de las políticas públicas: desde identificar problemas hasta evaluar resultados.


Es una visión más seria que colocar un asistente digital sobre una burocracia ineficiente y anunciar que el gobierno ya se modernizó. Pero el desafío no termina ahí.


Construir capacidades para desarrollar y utilizar IA no equivale a disponer de instituciones capaces de gobernar sus aplicaciones más poderosas, porque una cosa es establecer reglas para automatizar trámites o analizar información fiscal y otra es determinar si un modelo avanzado presenta riesgos que justifican exigir pruebas adicionales, limitar su despliegue o coordinar medidas con otros países. México necesita atender ambas tareas. La adopción tecnológica y la supervisión no son etapas que puedan separarse indefinidamente.


Supercomputadoras, almacenamiento nacional y talento especializado son indispensables. Pero también lo son la capacidad científica para evaluar modelos, las auditorías independientes, la protección de infraestructura crítica y la participación en la construcción de estándares internacionales. Además, los proyectos necesitan presupuesto, responsables institucionales, coordinación con universidades e indicadores que permitan distinguir entre un anuncio y una capacidad efectivamente construida.


La soberanía tecnológica no se proclama: se construye, se financia, se mide y se actualiza.

Un sistema puede operar en México, procesar información de mexicanos y afectar sus derechos, aunque haya sido desarrollado en California, dependa de infraestructura extranjera y responda a decisiones corporativas sobre las que nuestras instituciones tengan escasa influencia.


Por eso, en Faro Analítico, estamos convencidos de que la soberanía del siglo XXI no desapareció, solo cambió de territorio y, mientras tanto, en nuestra conversación pública seguimos invocándola frente a críticas externas, disputas comerciales y declaraciones susceptibles de interpretarse como intervención.


Mientras discutimos quién defiende mejor a México, actores globales y socios estratégicos de nuestro país negocian el acceso a chips, energía, modelos, datos y reglas que condicionarán el poder económico y estatal de las próximas décadas.


Tal vez entendemos la soberanía principalmente como la capacidad para impedir que otros decidan por nosotros. Y olvidamos la otra mitad de la ecuación: tener capacidades propias para decidir.


Usar tecnología extranjera no elimina por sí mismo la soberanía. La vulnerabilidad aparece cuando esa dependencia no tiene alternativas, controles ni capacidad nacional para evaluar sus consecuencias. Cuando el Estado no puede auditar los sistemas que utiliza, exigir responsabilidades o proteger información estratégica, su margen de decisión se estrecha. Las fronteras permanecen intactas; la autonomía, no necesariamente.


Sería injusto afirmar que México no está haciendo nada. El Plan demuestra lo contrario y reconoce la necesidad de actualizar prioridades frente al cambio tecnológico. La exigencia, entonces, no es desecharlo. Es convertirlo en capacidades verificables y fortalecer su dimensión de supervisión y cooperación internacional.


México necesita formar usuarios, pero también científicos, auditores y reguladores; desarrollar infraestructura, pero también criterios para evaluar los sistemas que dependerán de ella. No se trata de escoger entre innovación y precaución, sino de construir un Estado capaz de impulsar ambas.


Porque quizá la mayor amenaza para nuestra soberanía no sea que alguien pretenda arrebatárnosla, puede ser algo bastante menos dramático:


Mientras nosotros seguimos discutiendo qué significa defenderla, otros estén decidiendo qué significará ejercerla.

 
 
 

Defender a México frente al exterior es una obligación presidencial pero convertir el trámite migratorio del hijo de un EXpresidente en una causa nacional es otra cosa.



Todos ya sabemos que Estados Unidos revocó la visa de Andrés Manuel López Beltrán, también que la razón específica no se conoce (ni se conocerá). El gobierno estadounidense sostiene que los expedientes migratorios son confidenciales no obstante; "Andy" afirma que se trata de una represalia política y Claudia Sheinbaum decidió colocar el episodio en el terreno de la soberanía y la injerencia.


La reacción es absolutamente desproporcionada. Una visa no es un derecho político de los mexicanos ni una concesión que deba garantizar el Estado mexicano. Es una autorización expedida por otro país, conforme a sus propias leyes y criterios, tan discutibles como soberanos.


Estados Unidos puede utilizar esos instrumentos como mecanismo de presión política y México tiene derecho a cuestionarlo y exigir respeto, pero también conviene hacer una pregunta mucho más incómoda:


¿Por qué el permiso de ingreso de un integrante de la familia López Obrador merece ocupar el tiempo, la voz y el capital político de la Presidencia de la República?


Andrés Manuel López Beltrán puede inconformarse, defender su reputación y pedir explicaciones. Es su derecho, lo que resulta difícil de justificar es que la presidencia convierta su agravio personal en una causa nacional.


Porque una cosa es defender la soberanía de México y otra muy distinta proteger la susceptibilidad de la estirpe tabasqueña.


La soberanía no se agota en pronunciar discursos frente a Washington y tampoco consiste únicamente en repetir que México no acepta órdenes, presiones o intervenciones extranjeras. La soberanía se construye hacia afuera, pero se edifica desde adentro.


Convendría recordarle a la 4T que también es soberanía que una familia pueda salir de casa sin entregar su tranquilidad a la delincuencia.


Es soberanía recibir atención médica sin peregrinar entre hospitales, soportar meses de espera o comprar por cuenta propia los medicamentos que debería proporcionar el sistema público.


Es soberanía que un pequeño empresario pueda invertir, contratar y conservar empleos sin quedar atrapado entre la incertidumbre económica, la extorsión criminal y las decisiones improvisadas del gobierno.


Es soberanía que las familias puedan planear el siguiente mes sin que la inflación, la precariedad o una emergencia médica desbaraten sus finanzas.


Y también es soberanía contar con instituciones suficientemente fuertes para investigar a cualquier persona, sin importar su apellido, su partido o su cercanía con el poder.


Nada de eso cabe en una visa, pero todo ello determina si los mexicanos pueden vivir con libertad y dignidad dentro de su propio país.


Clásicos y contemporáneos coinciden en que la libertad no consiste solamente en que ninguna potencia extranjera intervenga en los asuntos nacionale, no obstante, también exige que el miedo, la enfermedad, la pobreza y la arbitrariedad no invadan diariamente la vida de las personas, porque la 4T puede pronunciar discursos muy estridentes en las asambleas informativas y al mismo tiempo, permitir que sus ciudadanos vivan sometidos por poderes criminales, servicios públicos deteriorados e instituciones capturadas. Eso no es soberanía plena, es retórica fronteriza con fragilidad doméstica.


La presidenta tenía una respuesta institucional disponible: señalar que el gobierno mexicano no conoce las razones de la revocación, solicitar información por las vías diplomáticas y recordar que cualquier acusación debe sustentarse con pruebas. Punto.


No necesitaba adoptar como propia la defensa política de López Beltrán ni convertir una decisión migratoria extranjera en otro episodio de confrontación entre la Cuarta Transformación y sus enemigos. Al hacerlo, la presidencia vuelve a mostrar una debilidad que ya comienza a ser estructural: Claudia Sheinbaum parece obligada a defender no solamente el legado de López Obrador, sino también a sus hijos, colaboradores, errores, agravios y en ello, en cada defensa automática reduce su margen de autoridad.


Cada reacción dictada por la lealtad familiar empequeñece la investidura presidencial y coloca los intereses del movimiento por encima de las responsabilidades del Estado. Cuando eso pasa, la presidenta deja de ejercer su democrática encomienda para aparecer como la administradora de una herencia política que no se atreve a cuestionar.


Hoy, no sabemos por qué Estados Unidos retiró la visa de Andrés Manuel López Beltrán. Mientras no existan pruebas públicas, sería irresponsable convertir la revocación en una sentencia anticipada. Pero tampoco puede presentarse la ausencia de información como prueba de inocencia ni la incomodidad del oficialismo como una agresión contra México.


“Andy” no es la nación, Morena no es el Estado y la familia del EXpresidente no representa la soberanía nacional.


La verdadera defensa de México no consiste en garantizar que los herederos del poder puedan cruzar una frontera. Consiste en asegurar que millones de mexicanos puedan vivir de este lado de ella con seguridad, salud, libertad y certidumbre.


Sin duda, el asunto de la visa es un mensaje político de Washington, lo criticable es que la reacción presidencial también envía uno desde Palacio Nacional: cuando está en juego el apellido López Obrador, la defensa es inmediata; cuando están en juego las condiciones cotidianas de millones de familias, siempre existe una explicación, una estadística o una promesa para después.


Una jefa de Estado debe defender la dignidad de su país. Pero cuando confunde esa dignidad con la protección de la dinastía gobernante, deja de conducir a la nación y corre el riesgo de convertirse en algo mucho más pequeño: la empleada sumisa del tlatoani de la macuspana.


 
 
 

El oficialismo ganó una medida cautelar, pero perdió el control de la conversación.


El INE ordenó retirar nueve publicaciones del PRI y de Alejandro Moreno en las que se utilizaban expresiones como “n4rcogobierno”, “n4rcopolíticos” y “n4rcopartido”.

 

La razón jurídica parece sencilla: la libertad de expresión no incluye el derecho de atribuir delitos sin pruebas. Y eso, en principio, es correcto.

 

Pero la política casi nunca es tan sencilla, la resolución no silenció la palabra: La convirtió en tendencia.

 

Lo que estaba contenido en unas cuantas publicaciones terminó multiplicándose en miles de menciones, respuestas, memes y comentarios. La medida cautelar produjo el efecto contrario: despertó la curiosidad de quienes quizá nunca habían visto los mensajes originales.

 

El INE ordenó borrar nueve publicaciones y las redes respondieron reproduciendo una palabra miles de veces.


Conviene hacer una precisión: el Instituto no prohibió que la ciudadanía utilice el término ni impidió preventivamente futuras publicaciones. Su Comisión de Quejas consideró que esos nueve mensajes podían imputar hechos o delitos falsos sin sustento suficiente pero rechazó la solicitud de Morena para impedir de antemano expresiones similares.

 

La precisión jurídica importa, aunque no resuelve el problema político. “N4rcopartido” es una acusación partidista, no una sentencia judicial contra toda una organización, utilizarla como si fuera un hecho acreditado sería irresponsable, sin embargo, fingir que surgió de la nada también lo sería.

 

La expresión encontró terreno fértil porque existe una conversación mucho más profunda sobre la penetración del crimen organizado en la política, la violencia electoral, las autoridades locales capturadas, los funcionarios investigados y las explicaciones que el poder continúa debiendo. Las palabras no fabricaron esa sospecha, la sospecha nació de los hechos, los silencios y las contradicciones.


Claro que Morena tiene derecho a defender su reputación y a exigir que las acusaciones se sustenten. Pero una resolución administrativa no puede sustituir las respuestas políticas que la sociedad está reclamando ni mucho menos puede borrar una percepción que se alimenta cada vez que el gobierno descalifica una investigación, protege a un personaje cuestionado o responde a una denuncia atacando al mensajero.

 

Una vez más, en la narrativa de la 4T aparece una paradoja que resulta incómoda para el poder:

Morena quiso retirar una expresión ofensiva y terminó colocándola en el centro de la conversación nacional. Ganó una medida cautelar, pero perdió el control del significado político de esa victoria.

 

Porque alguien tiene que avisarle a morena que en las redes no sólo importa lo que una autoridad resuelve, importa lo que la ciudadanía interpreta. Y en este caso la interpretación fue inmediata: si la palabra resulta tan incómoda, quizá convenga preguntar qué realidades intenta nombrar.

 

El PRI, desde luego, tampoco es un defensor desinteresado de la libertad de expresión. Su historia obliga a desconfiar de cualquier intento por presentarse como víctima inocente del poder. Pero la identidad del acusador no elimina automáticamente la pregunta planteada y las democracias no deberían resolver sus sospechas prohibiendo adjetivos, deberían hacerlo investigando hechos.

 

Si las acusaciones son falsas, corresponde desmentirlas con evidencia. Si existen responsabilidades individuales, deben investigarse sin importar colores, cargos o cercanías políticas. Y si el término generaliza injustamente, la mejor respuesta no es esconderlo, sino demostrar por qué resulta falso.

 

El INE puede ordenar que desaparezcan nueve publicaciones, lo que no puede hacer es borrar las razones por las cuales tantas personas estuvieron dispuestas a repetirlas.

 

El problema no es únicamente la palabra que se quiso retirar, el verdadero problema son los hechos, omisiones y silencios que hicieron que millones de mexicanos estuvieran dispuestos a creerla.


 
 
 
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