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INVESTIGACIÓN, OPINIÓN Y NOTICIAS
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Ayer las redes y los noticieros dieron cuenta de algo más que un operativo. Vimos un experimento social en tiempo real: ¿qué pasa cuando el Estado toca el centro nervioso de una organización criminal y el país amanece con el precio de esa decisión cargado en la espalda de la gente?

 

El abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, líder del CJNG, fue presentado (de manera tardía y a cuentagotas) como un golpe mayor, incluso como una inflexión histórica. El gabinete de seguridad de México y la prensa internacional lo trataron como se presumen los trofeos: con titulares grandes y adjetivos mayores.


Operativo militar en Tapalpa, inteligencia (también estadounidense), traslado y deceso, y después—como si fuera una escena inevitable—la reacción: bloqueos, vehículos incendiados, suspensión de actividades, carreteras comprometidas, comercios cerrados, miedo. 

 

Hay que reconocer con amplitud y admiración la actuación de las fuerzas armadas, ese no es el problema. Lo grave radica en el “día después”. Porque ahí es donde se prueba si el Estado gobierna… o si simplemente ejecuta operaciones (por convicción o por presión)  y luego reacciona al incendio.

 

A lo largo del día y alentada desde la conferencia de palacio nacional, la conversación pública se está quedando en una trampa cómoda: “cayó el capo; ganó el gobierno”. Esa frase es útil para la palestra mañanera, pero insuficiente para la realidad. En política pública, los hechos no se evalúan por su potencia simbólica, sino por su capacidad de reducir daño social de manera sostenida. Y lo que vimos ayer fue, precisamente, la demostración inversa: la violencia no solo mata; administra la vida cotidiana.

 

Cuando un grupo criminal del índole y perfil que sea,  puede paralizar regiones con bloqueos y quema de vehículos, no estamos ante “reacción” únicamente. Estamos ante un mensaje de poder fáctico: “somos capaces de apagar el interruptor de la normalidad cuando queramos”. 

 

Dicho con objetividad: el abatimiento de un líder puede ser un éxito táctico, pero por sí mismo no demuestra éxito estratégico. ¿Por qué? Porque la seguridad pública no es un concurso de cacería; es un sistema de capacidades: control territorial, inteligencia, investigación, coordinación, justicia y prevención. En México se ha repetido—con distintos gobiernos—la tentación de vender el golpe como estrategia. Y después se descubre que la estrategia era el golpe.

 

La Estrategia Nacional de Seguridad Pública 2024–2030 habla de cuatro ejes, con una consigna que el oficialismo ha repetido como mantra: “atención a las causas”. Ahí está, en documentos oficiales: atender causas, consolidar fuerzas, fortalecer inteligencia e investigación y coordinar instituciones. 

 

Pero ayer ocurrió lo que casi nadie quiere decir en voz alta: la brecha es amplísima entre el discurso de “causas” y la realidad del “fuego”. Un operativo como el que se vivió en Jalisco, pertenece al mundo duro de la coerción estatal: inteligencia, despliegue, fuerza, coordinación. Lo cual está bien: un Estado que renuncia a la coerción renuncia a su existencia. Lo grave es que el Estado parezca confiar en la coerción como si fuera el sustituto de todo lo demás.

 

“Atender las causas” es, por definición, un trabajo de mediano plazo: escuela, empleo, salud, reconstrucción del tejido social, prevención. Pero México no puede por años con la esperanza puesta en el “mediano plazo” mientras la normalidad es rehén del corto plazo. Si el eje de causas no reduce reclutamiento, rentas criminales y control local, cada golpe táctico se convierte en un incentivo para la represalia: cae uno, suben otros; cae un rostro pero queda intacta la máquina.

 

Entonces, ¿qué se mide después de un abatimiento? No el aplauso, no el trending, no la nota internacional.

 

Se mide la elasticidad social ante la violencia: cuántas horas tarda en recuperarse la movilidad, cuánta geografía se incendia, cuánta economía se apaga, cuántas escuelas cancelan actividades, cuántas rutas quedan bloqueadas, cuántas familias cambian su rutina por miedo. Ese es el indicador de control real. Por eso la información de cierres y afectaciones económicas importa tanto como la narrativa del “gran golpe”.

 

Y aquí viene el punto que pocos queremos ver: un Estado que necesita un “día después” para demostrar control, todavía no controla.

 

Porque el Estado no se acredita cuando derriba; se acredita cuando sostiene. Sostiene el flujo de mercancías, el transporte, la paz en los municipios, la operación de la ciudad, la escuela, el hospital, la carretera, el comercio, cuando verdaderamente acompaña la vida cotidiana de la gente, cuando sostiene la tranquilidad básica: esa que solo se nota cuando desaparece.

 

No se trata de llorar por un capo. Se trata de dejar de mentirnos con la narrativa del trofeo. Si el resultado del golpe es una jornada de terror expandida a múltiples territorios, el éxito táctico viene acompañado de un dato político: el crimen conserva tantas capacidades de coerción social como el estado mismo.

 

¿Se puede, aun así, celebrar el abatimiento? Sí. Pero con una condición: que sea el inicio de un ciclo de fortalecimiento institucional y control territorial, no el cierre cinematográfico de la estrategia. Lo contrario es propaganda.

 

La pregunta desde Faro Analítico no es si “ganó EEUU o México cedió”. La pregunta es: ¿quién gobierna hoy la calle? Y si la respuesta depende de si el crimen “permite” que trabajes, transites y vivas, entonces la victoria fue, como tantas veces, un encabezado… y el costo, una factura social.

 
 
 

Bien aprendido desde el 2018, en Palacio Nacional, no se resuelven crisis: se administran las escenas para mantener el poder.


Cuando la realidad se vuelve innegociable -cuando los números ya no caben en una gráfica de “vamos bien”- aparece el recurso más confiable del obradorismo: la cortina de humo con personaje sacrificial incluido.

 

Esta semana el guion fue casi obsceno por lo didáctico: la salida del titular de la Dirección General de Materiales Educativos de la SEP, el hombre que encarnó -con disciplina militante- la ingeniería ideológica de los Libros de Texto Gratuitos y la “Nueva Escuela Mexicana”, Marx Arriaga fue destituido; la discusión se volvió espectáculo; él respondió atrincherándose en su oficina y exigiendo el documento legal para reconocer el despido. 

 

Hasta ahí, el dato. Lo más interesante es el uso político del dato.


El “judas” perfecto: visible, incendiario, desechable.


Arriaga era ideal para el papel: polémico, confrontativo, identificado con el núcleo duro del proyecto educativo de la 4T. La presidenta ya salió a cerrar filas: “los libros no van a cambiar” (con el matiz de incorporar más contenido sobre mujeres en la historia). 


El mensaje es doble:

  • A los obradoristas más ácidos: “tranquilos, el catecismo sigue intacto”.

  • Al público cansado: ¡“miren allá: drama en la SEP”!.


Porque lo verdaderamente útil del episodio no es la política educativa (eso está congelado). Lo útil para la 4T es desplazar agenda.


“Cambia el tema”: sarampión y el costo de la negligencia


En paralelo, la crisis sanitaria crece: reportes de la propia Secretaría de Salud y coberturas mediáticas hablan de más de 9,300 casos acumulados y alrededor de 29 muertes al corte del 12–14 de febrero de 2026. 


Eso ya no es “nota de salud”: es falla de Estado, con consecuencias sociales que inevitablemente se vuelven políticas (más aún con el Mundial 2026 a la vista). Y cuando el foco se acerca a preguntas incómodas —compras, logística, subejercicios, responsabilidades— el régimen necesita oxígeno narrativo. ¿Qué mejor que el melodrama educativo: libros, ideología, “traición”, “resistencia”, policía en pasillos?


El otro frente: el libro que más que a tinta fresca, huele a ajuste de cuentas.


Y por si faltaba combustible, aparece el otro insumo perfecto para el ciclo noticioso: el libro del exconsejero jurídico Julio Scherer Ibarra (Ni venganza ni perdón), presentado como un relato “desde dentro” sobre intrigas, presiones y presuntos actos de corrupción y redes de poder. 


A estas alturas, el contenido del libro puede discutirse en dos planos:

  1. El periodístico: ¿qué puede probarse, qué se documenta, qué queda en insinuación?

  2. El político: el simple hecho de que un exoperador del corazón jurídico del obradorismo publique un ajuste de cuentas, mueve el ánimo público, aunque sea por saturación y morbo.


Y cuando el ánimo público se vuelve peligroso, la maquinaria no debate: distrae.


El cameo innecesario: Salma Hayek en Palacio


La cereza: la presidenta presenta un plan de incentivos fiscales para cine (crédito fiscal de hasta 30% ISR, con tope, condiciones de proveeduría nacional, etc.) y lo hace con Salma Hayek al lado, en un acto que se vuelve —por forma y timing— más mediático que institucional. 


No se discute aquí el fondo de apoyar al cine. Se discute el momento: cuando el país trae encima sarampión y cuando estalla el drama Arriaga-SEP, la escena con celebridad funciona como reencuadre emocional: “cultura”, “orgullo”, “talento”, “éxito”. La política como set.


La estrategia real: negación, desplazamiento y el inmaculado Tlatoani.


Así opera el régimen: frente a la realidad, negación (“todo está controlado”), desplazamiento (un escándalo nuevo para tapar el anterior) y sacrificio (un personaje quemado para que el sistema sobreviva). Arriaga sirve, entonces, como “Judas” operativo: se le exhibe, se le deja gritar, se le convierte en la novela del fin de semana.


Mientras tanto, la pregunta central permanece cuidadosamente fuera de cuadro: ¿quién decide realmente el rumbo y por qué todo termina orbitando —aún— alrededor del expresidente? La 4T podrá cambiar nombres, montar escenas y llamar “administrativo” a lo que es político, pero su reflejo es siempre el mismo: mirar hacia otro lado… menos hacia la finca simbólica del Tlatoani.

 
 
 

El sarampión volvió a tocar la puerta con una insolencia que México ya debería reconocer. No es una novedad epidemiológica: es un recordatorio político. Porque cuando una enfermedad que se creía controlada regresa con fuerza, casi nunca es por mala suerte. Es por acumulación de decisiones: presupuestos que se recortan, compras que se retrasan, coberturas que se fragmentan y un discurso oficial que prefiere “minimizar” antes que “anticipar”.


Hoy el sarampión se presenta con el mismo libreto emocional que vimos con el COVID-19 en 2020: “es un tema global”, “no es exclusivo de México”, “la situación está bajo control”, “ya se está vacunando”. Y es verdad: hay brotes en la región y una alerta hemisférica que urge a cerrar brechas de inmunidad, reforzar vigilancia y activar vacunación complementaria.


Sin embargo, el problema no es reconocer que el fenómeno es global. El problema es usar lo global como coartada para no hablar de lo local: de la forma en que se debilitó, por años, la columna vertebral de la prevención.


Hay que reconocer que la prevención en salud pública es una disciplina ingrata: cuando funciona, nadie la aplaude; cuando falla, todos pagan.


El costo social ya está en la mesa.


Aunque no les guste a muchos, los números no son retórica: a inicios de febrero de 2026 se reportan miles de casos confirmados y decenas de muertes asociadas a un brote que arrancó en 2025.


Y en un contexto así, lo que verdaderamente asusta no es solo la transmisibilidad del sarampión (que es altísima), sino su cualidad política: convierte la omisión en evidencia.


Vacunar no es un gesto administrativo o una reacción generosa; es un acto de gobierno que implica planeación, logística, cadenas de frío, inventarios, metas por cohorte, seguimiento nominal, combate a la desinformación y presencia territorial. No se sostiene con discursos. Se sostiene con dinero, sistemas y disciplina operativa.


De hecho, el dato regional es demoledor: la OPS ha señalado que la mayoría de casos confirmados con información disponible corresponde a personas no vacunadas (o con antecedente desconocido).


Dicho de forma más clara: no es que el virus sea “inevitable”, es que las brechas son han sido construidas con descuido y negligencia.


Otro elefante en la sala: presupuesto y subejercicio.


Aquí entra la parte incómoda: en México no solo se discute cuánto se asigna a salud; también discute qué tanto “se ejerce”lo asignado. Y cuando el tema es vacunación, el subejercicio no es una “eficiencia” contable: es riesgo sanitario postergado.

Esta semana, muchos medios apuntan que durante 2025 el gasto ejercido del programa de vacunación fue sustantivamente menor al presupuesto autorizado (un subejercicio masivo).


No hace falta sobreactuar: si autorizas recursos para vacunar y terminas gastando una fracción, no tienes un “ahorro”; tienes una factura futura.


Y esa factura tiene dos dimensiones:

  1. Costo social: casos, complicaciones, presión hospitalaria, ausentismo escolar y laboral, miedo comunitario.

  2. Costo político: pérdida de confianza, desgaste institucional, percepción de incompetencia, y una pregunta que se vuelve viral: “¿cómo es que regresó esto?”


“Primero los pobres”… pero solo en el discurso.


El contraste con el discurso de “primero los pobres” es inevitable. Porque si algo golpea de manera desproporcionada a quienes tienen menos, es una crisis sanitaria. Los hogares con menos ingresos tienen menos capacidad de aislamiento, menos acceso a atención oportuna, más hacinamiento, más dificultades para completar esquemas y menos margen para absorber el golpe económico de una enfermedad.


Por eso la vacunación universal es, en la práctica, una de las políticas más redistributivas que existen: protege más a quien menos puede defenderse.


Recortar, retrasar o subejercer en vacunas no es “austeridad”. Es un impuesto oculto que pagan los más vulnerables.


El Mundial 2026: el espejo internacional.


Hay otro factor que vuelve políticamente explosivo este episodio: México será sede del Mundial de la FIFA 2026. Será un escaparate global… y también, un punto de inflexión para la capacidad estatal: movilidad masiva, concentración de personas, vigilancia epidemiológica, respuesta rápida, comunicación de riesgo y coordinación intergubernamental.


Y aquí viene la ironía: ante el brote actual, la Presidencia ha señalado que no se contemplan medidas extraordinarias rumbo al Mundial.


Quizá sea cierto que no se requieran “medidas extraordinarias” si se hace lo ordinario “extraordinariamente bien”: vacunar, vigilar, contener, informar. El problema es que México lleva años demostrando que lo ordinario se le está haciendo cuesta arriba.


Si algo nos enseñó  la última década es que la salud pública dejó de ser un tema técnico y se convirtió en un factor de gobernabilidad. Una crisis sanitaria desordena presupuestos, agendas, prioridades y deja huellas en la memoria social.


El sarampión, con su regreso, no está haciendo una pregunta médica. Está formulando una pregunta política:


¿Quién decidió que vacunar era prescindible?

 
 
 
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