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2026...derrumbe anunciado: Maduro, el populismo latinoamericano y la sombra de Trump.

  • Faro Analítico Staff
  • 3 ene
  • 2 Min. de lectura

La caída de Nicolás Maduro, hasta hace apenas unas horas presidente–dictador de Venezuela, no puede leerse como un hecho aislado ni como una simple anécdota del siempre convulso tablero latinoamericano. Se trata, más bien, de un episodio largamente anunciado, incubado por años de autoritarismo, colapso institucional, devastación económica y una desconexión absoluta entre el poder y la realidad social.


Maduro no cae únicamente por la presión externa o por el desgaste natural de un régimen agotado; cae porque el modelo que encarnó —el populismo autoritario sostenido en la retórica revolucionaria y en la negación sistemática de los contrapesos democráticos— ha mostrado su fracaso de manera contundente. La narrativa se agotó. El control se volvió insostenible. El miedo dejó de ser suficiente.


Pero el hecho adquiere una dimensión mayor cuando se observa el contexto geopolítico que lo rodea. La acción, ampliamente anunciada y cuidadosamente ejecutada, lleva inevitablemente la impronta del ímpetu imperialista de Donald Trump, quien vuelve a colocarse como un actor central en la redefinición del orden regional. Para algunos, su intervención representa una inadmisible intromisión en la soberanía de los pueblos; para otros, un acto necesario —aunque incómodo— para abrir la puerta al rescate de la democracia en una región secuestrada por caudillos y proyectos personalistas.


Esa ambivalencia no es menor. Trump enfrenta, simultáneamente, la crítica internacional por su lógica injerencista y el aplauso de quienes ven en su acción un golpe directo al corazón del populismo latinoamericano. Porque si algo resulta evidente tras la caída de Maduro, es que el episodio venezolano puede convertirse en el primer dominó de una cadena más amplia: el cuestionamiento frontal a gobiernos que, bajo el disfraz de la voluntad popular, han erosionado libertades, capturado instituciones y normalizado la excepcionalidad autoritaria en América Latina.


Pero en este nuevo tablero regional, la incógnita más relevante ya no está en Caracas, sino en México. La caída de Maduro obliga a replantear el papel de los gobiernos que, por convicción ideológica o por cálculo político, optaron durante años por la ambigüedad frente al autoritarismo latinoamericano. La política exterior mexicana, históricamente anclada en la no intervención, enfrenta hoy una prueba de coherencia y de vigencia.


La pregunta no es menor: ¿puede México seguir invocando principios del siglo XX para enfrentar una realidad geopolítica radicalmente distinta? ¿O estamos ante el momento de redefinir su postura internacional, asumiendo un papel más activo en la defensa democrática regional, aun cuando ello implique tensiones diplomáticas y costos internos?


La respuesta, inevitablemente, tendrá efectos directos en su relación con Estados Unidos, particularmente bajo la influencia de un liderazgo que no distingue entre diplomacia tradicional y presión estratégica. Lo que México decida —o evite decidir— marcará no solo su lugar en el reordenamiento latinoamericano, sino también el tipo de país que aspira a ser en un entorno internacional cada vez menos tolerante con la simulación política.


De ello hablaremos en la segunda parte: de México, de su política exterior y del dilema histórico entre la neutralidad cómoda y la responsabilidad democrática.

 
 
 

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