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No veo ningún abuso...

  • 29 abr
  • 4 min de lectura

Cuando el privilegio deja de avergonzar al poder, la corrupción ya no necesita esconderse: se vuelve costumbre, trámite y, luego, justificación.


La corrupción no siempre llega con sobres amarillos llenos de dinero. Hoy sabemos que a veces llega con una llave, una habitación disponible, personal dispuesto, una explicación sentimental y una frase que resume el derrumbe moral de una época: “no veo ningún abuso”.


Esa frase, dicha desde la comodidad del poder, debería estudiarse como síntoma. No solo por lo que intenta justificar, sino por lo que revela. Porque cuando un alto funcionario ya no distingue entre una institución pública y una extensión de su vida privada, el problema deja de ser anecdótico: se convierte en cultura política.


Esta columna es la primera de una serie de tres entregas sobre una enfermedad que México ha aprendido a mirar con peligrosa resignación: la normalización del abuso en nombre de las causas nobles.


En la segunda parte hablaremos del huachicol fiscal, de mandos navales señalados, de redes que no pudieron operar sin puertas abiertas y de un Estado que parece perforado desde adentro.


En la tercera, iremos al discurso: esa agenda progresista, populista y redentora que habla de democracia, justicia social y pueblo, mientras guarda silencio frente a sus propios privilegios, pactos, omisiones y contradicciones.


Pero antes de llegar al combustible ilegal, las aduanas, los cárteles y la sombra de la impunidad, conviene empezar por algo aparentemente menor. Marcelo Ebrard reconoció que su hijo se hospedó durante meses en la residencia de la Embajada de México en Reino Unido cuando él era secretario de Relaciones Exteriores. La explicación fue profundamente humana: la preocupación de un padre durante la pandemia, los estudios del joven, la cortesía de una embajadora, la ausencia —según él— de daño al erario. Y ahí está precisamente el punto.


Nadie discute que un padre se preocupe por su hijo. Lo que se discute es que un funcionario confunda su preocupación familiar con el uso de una residencia diplomática. Nadie cuestiona el afecto paterno. Lo que se cuestiona es la naturalidad con la que el poder convierte los bienes públicos en soluciones privadas.


Una embajada no es Airbnb diplomático. Una residencia oficial no es casa de asistencia para familiares del gabinete. El servicio exterior no existe para resolver incomodidades domésticas de quienes tienen influencia. Y la austeridad republicana, esa palabra tan manoseada por la 4T, no puede ser sermón para los adversarios y excepción para los cercanos.


El caso incomoda porque desnuda una doble moral. Durante años, la llamada cuarta transformación construyó buena parte de su legitimidad sobre una promesa básica: separar el poder público del privilegio privado. Acabar con los excesos. Desterrar la frivolidad. Gobernar con honestidad. Poner al pueblo por encima de los fifís.


Pero la 4T no acabó con los privilegios: los rebautizó. Ahora el abuso ya no se llama abuso; se llama contexto, pandemia, preocupación paternal, invitación cordial, ataque de la derecha, mezquindad mediática; se llama cualquier cosa, menos lo que es: una frontera ética cruzada con una tranquilidad pasmosa.


Y entonces, por si no fuera poco... vino el remate presidencial.


En la conferencia matutina del lunes 27 de abril, la presidenta Claudia Sheinbaum reconoció que, de acuerdo con lo conversado con el titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores, no existe una regulación particular ni normas establecidas sobre estos temas. Por eso, dijo, la Cancillería deberá fijar reglas claras para el uso de embajadas y consulados, de modo que no quede sujeto a interpretación.


Traducido al lenguaje político: el escándalo no produjo una sanción inmediata; produjo una promesa de regulación futura. La falta de norma se convirtió en anestesia institucional. El poder no dijo “esto no debe volver a pasar” con la contundencia ética que exigía el momento. Dijo, en esencia, que habría que normarlo.


Es el sueño burocrático de la impunidad: si no estaba escrito con suficiente claridad, entonces nadie tiene culpa. Si nadie tiene culpa, nadie debe asumir responsabilidad. Y si nadie asume responsabilidad, la promesa de superioridad moral queda reducida a un manual pendiente de actualización.


El caso Ebrard, visto aisladamente, puede parecer menor frente a los grandes expedientes nacionales: inseguridad, huachicol fiscal, desfalcos, contratos, aduanas, militarización, desapariciones, campañas anticipadas, dinero opaco y pactos nunca confesados. Pero su valor político está justo ahí: en mostrar cómo opera el reflejo del poder cuando es descubierto.


Primero minimiza, luego sentimentaliza, después acusa mala fe, más tarde invoca la ausencia de norma. Y al final, espera que el escándalo se disuelva en la velocidad de la agenda pública. Lo delicado no es solo que un hijo haya ocupado un espacio oficial; lo delicado es que el estándar ético del poder dependa de si la regla estaba escrita con tinta suficientemente gruesa.


Y entonces la frase vuelve como eco: no veo ningún abuso.


La corrupción, antes de convertirse en expediente penal, suele pasar por una etapa más silenciosa: la pérdida de vergüenza.


Esta primera entrega apenas abre la puerta. Porque si en la superficie vemos residencias diplomáticas utilizadas como refugio familiar, en el subsuelo aparecen preguntas más oscuras: ¿qué ocurre cuando el privilegio ya no hospeda a un hijo, sino a una red criminal? ¿Qué pasa cuando la excepción ya no se limita a una embajada, sino que atraviesa aduanas, puertos, combustibles, fiscalías y mandos armados? ¿Qué queda del Estado cuando la ley se aplica con dureza al ciudadano común, pero con paciencia frente a los propios?


La segunda parte irá hacia ese terreno: el del huachicol fiscal y la detención de un exmando naval en Argentina. Ahí donde la corrupción deja de ser incomodidad diplomática y se convierte en estructura de negocios, protección e impunidad.


Quizás esa sea la verdadera tragedia política de nuestro tiempo: no que el poder abuse, sino que ya ni siquiera entienda por qué debería avergonzarse.





 
 
 

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