- 5 may
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Palenque, Palacio y la pregunta incómoda: ¿quién manda cuando la 4T entra en crisis?
En México hay una presidenta constitucional. Una sola. Pero cada crisis importante que le sucede a la 4T parece venir acompañada de una pregunta que no debería existir: ¿ya le avisaron al Tlatoani?
La pregunta incomoda porque toca una fibra sensible del nuevo poder. No se trata de saber si Claudia Sheinbaum puede reunirse o no con Andrés Manuel López Obrador. Claro que puede. Una presidenta en funciones puede hablar con un expresidente, con un exjefe político, con un aliado, con un amigo o con quien considere pertinente. El problema no es personal; el problema es institucional.
Después del vendaval político generado por las acusaciones estadounidenses contra Rubén Rocha Moya y otros funcionarios de Sinaloa, la gira presidencial al sureste dejó de parecer una gira cualquiera. En medio de las versiones sobre un posible encuentro con López Obrador, la respuesta oficial primero fue negar, descalificar, ironizar. Luego vino la frase reveladora: no tendría nada de malo reunirse con “el PRESIDENTE López Obrador”. Ahí está el lapsus. Ahí se aprecia la sombra.
México tiene una presidenta en funciones, pero el lenguaje del oficialismo sigue tropezando con una realidad que no termina de acomodarse: López Obrador dejó el cargo, pero no dejó el centro fáctico del poder. Se mudó a Palenque, sí, pero la política mexicana insiste en comportarse como si el rancho fuera todavía una extensión remota de Palacio Nacional.
La pregunta no es si hubo tamales, atole, reunión, llamada, bendición o instrucción. La pregunta de fondo es otra: ¿quién toma las decisiones cuando el movimiento entra en pánico?
Porque esa es la palabra que nadie quiere pronunciar: PÁNICO porque la crisis que golpea a Sinaloa (y a la 4T) no nació en un medio incómodo ni en una conferencia de adversarios. Llegó desde Estados Unidos, con membrete judicial, lenguaje penal y consecuencias impredecibles.
Hay que reconocerlo, MORENA puede controlar la narrativa interna con una eficacia envidiable. Puede convertir preguntas incómodas en ataques conservadores, transformar cuestionamientos en misoginia, soberanía herida o guerra mediática, salir a decir que todo está bajo control, que no hay pruebas suficientes, que se revisará el procedimiento, que no se aceptan presiones extranjeras.
Pero lo que no puede controlar con la misma facilidad es la percepción de que, en las crisis mayores, la presidenta sigue necesitando ser leída en relación con su antecesor y eso la debilita.
La presidenta puede encabezar conferencias, firmar decretos, ordenar investigaciones, hablar de soberanía y encabezar giras, pero si cada vez que el movimiento se tambalea la conversación pública vuelve a preguntarse si la línea salió de Palacio o de Palenque, entonces el poder formal empieza a parecer tutelado por el poder sentimental y la tutela, aunque sea simbólica, pesa.
Pesa porque López Obrador construyó un movimiento alrededor de su figura, de su voz, de su moral, de sus absoluciones y de sus enemigos. Durante años, la vida pública giró alrededor de su capacidad para decir quién era pueblo y quién era traidor; quién era honesto y quién estaba podrido; quién merecía defensa y quién debía ser arrojado al tribunal de la mañanera, ese tipo de liderazgo no se jubila fácilmente. Ahí está el problema de fondo.
La crisis de Sinaloa no solo exhibe la fragilidad de algunos gobiernos locales frente al crimen y a los expedientes externos. También exhibe la fragilidad de una Presidencia que necesita construir autoridad propia en medio de un movimiento que todavía le reza al fundador.
Por eso la frase: “no tendría nada de malo” suena insuficiente. Nadie está diciendo que reunirse con López Obrador sea delito, pecado o traición institucional. Lo que se señala es otra cosa: que una jefa de Estado no puede permitirse que cada crisis nacional parezca requerir consulta espiritual en Palenque.
Porque una cosa es escuchar consejos y otra muy distinta es gobernar bajo sombra. Sobre todo, porque instala una duda peligrosa en momentos de crisis: si la decisión es difícil, ¿la toma la Presidencia o la autoriza la memoria viva del caudillo de la Macuspana? No es una pregunta menor.
En política, el poder no admite vacíos ni ambigüedades. Cuando no queda claro quién manda, alguien más empieza a ocupar ese espacio y cuando eso ocurre, el gobierno ya no se ve como mando: se ve como administración de equilibrios ajenos.
Esta entrega no sustituye el análisis sobre huachicol fiscal, la SEMAR y captura institucional. Lo antecede, porque antes de revisar cómo se perforan las instituciones conviene preguntar quién decide qué se investiga, qué se tapa, qué se defiende y qué se deja caer.
Porque en una república sana, las crisis se resuelven en las instituciones, en una república tutelada, se preguntan primero al patriarca.
Y México, por desgracia, todavía no sabe si la presidenta despacha sola.
Cuando el movimiento se asusta, ¿quién contesta el teléfono?