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Cuando la realidad arde, la 4T monta una (otra) escena.

  • 16 feb
  • 3 min de lectura

Bien aprendido desde el 2018, en Palacio Nacional, no se resuelven crisis: se administran las escenas para mantener el poder.


Cuando la realidad se vuelve innegociable -cuando los números ya no caben en una gráfica de “vamos bien”- aparece el recurso más confiable del obradorismo: la cortina de humo con personaje sacrificial incluido.

 

Esta semana el guion fue casi obsceno por lo didáctico: la salida del titular de la Dirección General de Materiales Educativos de la SEP, el hombre que encarnó -con disciplina militante- la ingeniería ideológica de los Libros de Texto Gratuitos y la “Nueva Escuela Mexicana”, Marx Arriaga fue destituido; la discusión se volvió espectáculo; él respondió atrincherándose en su oficina y exigiendo el documento legal para reconocer el despido. 

 

Hasta ahí, el dato. Lo más interesante es el uso político del dato.


El “judas” perfecto: visible, incendiario, desechable.


Arriaga era ideal para el papel: polémico, confrontativo, identificado con el núcleo duro del proyecto educativo de la 4T. La presidenta ya salió a cerrar filas: “los libros no van a cambiar” (con el matiz de incorporar más contenido sobre mujeres en la historia). 


El mensaje es doble:

  • A los obradoristas más ácidos: “tranquilos, el catecismo sigue intacto”.

  • Al público cansado: ¡“miren allá: drama en la SEP”!.


Porque lo verdaderamente útil del episodio no es la política educativa (eso está congelado). Lo útil para la 4T es desplazar agenda.


“Cambia el tema”: sarampión y el costo de la negligencia


En paralelo, la crisis sanitaria crece: reportes de la propia Secretaría de Salud y coberturas mediáticas hablan de más de 9,300 casos acumulados y alrededor de 29 muertes al corte del 12–14 de febrero de 2026. 


Eso ya no es “nota de salud”: es falla de Estado, con consecuencias sociales que inevitablemente se vuelven políticas (más aún con el Mundial 2026 a la vista). Y cuando el foco se acerca a preguntas incómodas —compras, logística, subejercicios, responsabilidades— el régimen necesita oxígeno narrativo. ¿Qué mejor que el melodrama educativo: libros, ideología, “traición”, “resistencia”, policía en pasillos?


El otro frente: el libro que más que a tinta fresca, huele a ajuste de cuentas.


Y por si faltaba combustible, aparece el otro insumo perfecto para el ciclo noticioso: el libro del exconsejero jurídico Julio Scherer Ibarra (Ni venganza ni perdón), presentado como un relato “desde dentro” sobre intrigas, presiones y presuntos actos de corrupción y redes de poder. 


A estas alturas, el contenido del libro puede discutirse en dos planos:

  1. El periodístico: ¿qué puede probarse, qué se documenta, qué queda en insinuación?

  2. El político: el simple hecho de que un exoperador del corazón jurídico del obradorismo publique un ajuste de cuentas, mueve el ánimo público, aunque sea por saturación y morbo.


Y cuando el ánimo público se vuelve peligroso, la maquinaria no debate: distrae.


El cameo innecesario: Salma Hayek en Palacio


La cereza: la presidenta presenta un plan de incentivos fiscales para cine (crédito fiscal de hasta 30% ISR, con tope, condiciones de proveeduría nacional, etc.) y lo hace con Salma Hayek al lado, en un acto que se vuelve —por forma y timing— más mediático que institucional. 


No se discute aquí el fondo de apoyar al cine. Se discute el momento: cuando el país trae encima sarampión y cuando estalla el drama Arriaga-SEP, la escena con celebridad funciona como reencuadre emocional: “cultura”, “orgullo”, “talento”, “éxito”. La política como set.


La estrategia real: negación, desplazamiento y el inmaculado Tlatoani.


Así opera el régimen: frente a la realidad, negación (“todo está controlado”), desplazamiento (un escándalo nuevo para tapar el anterior) y sacrificio (un personaje quemado para que el sistema sobreviva). Arriaga sirve, entonces, como “Judas” operativo: se le exhibe, se le deja gritar, se le convierte en la novela del fin de semana.


Mientras tanto, la pregunta central permanece cuidadosamente fuera de cuadro: ¿quién decide realmente el rumbo y por qué todo termina orbitando —aún— alrededor del expresidente? La 4T podrá cambiar nombres, montar escenas y llamar “administrativo” a lo que es político, pero su reflejo es siempre el mismo: mirar hacia otro lado… menos hacia la finca simbólica del Tlatoani.

 
 
 

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